martes, 31 de marzo de 2020
Filósofos
Esto es verdad.
Esto no es verdad.
Presten atención:
Dijo una vez
un filósofo:
"a la República
la tienen que gobernar los filósofos".
Eso dijo
un filósofo
al que llamaban "Platón"
en un lugar
al que llamaban
la Academia
donde Platón
enseñaba y estudiaba.
En el frente de la Academia había un letrero
que decía:
"Aquí no entra nadie que no sepa geometría".
Y no entraba.
A la República
la tienen que gobernar los filósofos
decía Platón
y se le cagaron de risa
durante siglos.
Porque no hace falta la verdad
para gobernar nada.
La verdad
esa fruta dorada que,
a veces,
cosechan los filósofos.
Hoy
alcanza
con una opinión
privilegiada
grabada a fuego
en el sentido común
las palabras
los ojos
los oídos
los sueños.
Alcanza
con una ilusión
bien fabricada.
Alcanza
con ser
el más hijo de puta.
lunes, 30 de marzo de 2020
La batalla cultural
Esto es verdad.
Esto no es verdad.
Presten atención:
El capitalismo es
básicamente
una ilusión.
Usted puede
bajar veinte kilos
tener su casa
viajar al caribe
ser el mejor
vivir para siempre.
En pocas palabras:
que se haga mi voluntad
así en la tierra como en las redes.
Pero las cosas,
una y otra vez,
salen mal.
Nadie habla de
trabajar doce horas
pagar el alquiler
no enfermarme hasta que bajen los remedios.
Nadie vive donde está.
Hay un doble de cada uno de nosotros
que se cree
todo el tiempo
que es otra cosa
otra persona
en otra ciudad
con otra vida.
El capitalismo nos dio
fábricas
trenes
bancos
y relatos a precios populares.
A una ilusión solo se la puede combatir
con otras ilusiones
las balas le pasan de largo.
Hay una prueba sencilla para saber
si uno está vivo todavía:
oprímase con fuerza un dedo
con dos dedos de la otra mano
¿Duele?
domingo, 29 de marzo de 2020
Universitarios
Esto es
verdad.
Esto no es
verdad.
Presten
atención:
"Alpargatas
sí, libros no"
dijo el
General.
O dicen que
dijo el General.
Y también dijo,
otro día:
"La
clase trabajadora
es la
columna vertebral del movimiento".
O lo dijo
Karl Marx, pero en alemán,
De eso no
estoy seguro.
Eran otros
tiempos:
en la
ciudad había trolebuses
policías de
tránsito en sus garitas
y obreros
que viajaban en camiones
los
domingos
para ver el
partido.
Y en los
suburbios
había
fábricas textiles con ventanitas a ras de la vereda.
Yo vi a las
obreras trabajando
desde esas
ventanitas.
Yo vi temblar
las motas de algodón pegadas al enrejado
Yo respiré
unos segundos el polvillo irrespirable.
Íbamos a
ver a las obreras desde lejos
desde
afuera
con los
amigos del barrio.
Ahora todo
es distinto;
donde antes
estaba la textil
hay un
shopping
negocios
patio de
comidas
cines
niños de la
mano.
Los obreros
ya no viajan en camión para ver los partidos.
Los hijos
de los obreros
son
universitarios
o esperan
que sus hijos lo sean
y se
preparan
en estos
días
para dar
inicio
a un
experimento monumental:
establecer
un
gobierno
basado en
la ciencia
el
pensamiento
la
verdad
y los recuerdos.
jueves, 26 de marzo de 2020
El mero estar
El mero estar
Esto es verdad.
Esto no es verdad.
Presten atención:
Dice Rodolfo Kusch
que hay una América profunda
donde la gente se desliza
en el mero estar.
Forjarse un porvenir: no.
Progresar: no.
Ser alguien: no.
Sólo estar.
Estar ahí.
Yo tuve una infancia suburbana
de sólo estar
terraza con vista a las estrellas
una lupa y mirar las hormigas
conversaciones en ronda
planeando inútilmente
la vuelta al mundo en bicicleta.
Después,
claro,
me dijeron:
o estudiás o trabajás
y se acabó
el mero estar.
Y todo fue:
levantate
ahora no
será el domingo
ponete las pilas
tu esfuerzo personal
mañana tal vez.
Mi único paraíso
sería
llegar a ver al mundo
entero
disfrutando el mero estar.
Ya
se lo tiene merecido.
Esto es verdad.
Esto no es verdad.
Presten atención:
Dice Rodolfo Kusch
que hay una América profunda
donde la gente se desliza
en el mero estar.
Forjarse un porvenir: no.
Progresar: no.
Ser alguien: no.
Sólo estar.
Estar ahí.
Yo tuve una infancia suburbana
de sólo estar
terraza con vista a las estrellas
una lupa y mirar las hormigas
conversaciones en ronda
planeando inútilmente
la vuelta al mundo en bicicleta.
Después,
claro,
me dijeron:
o estudiás o trabajás
y se acabó
el mero estar.
Y todo fue:
levantate
ahora no
será el domingo
ponete las pilas
tu esfuerzo personal
mañana tal vez.
Mi único paraíso
sería
llegar a ver al mundo
entero
disfrutando el mero estar.
Ya
se lo tiene merecido.
Líneas
Líneas
Esto es verdad.
Esto no es verdad.
Presten atención:
El invento más antiguo de la humanidad es la línea.
La línea recta,
de acá hasta allá
vas
medís
calculás
sumás
y restás.
La línea
duró siglos
causa y efecto.
La historia
avanza siempre
hacia adelante.
El futuro
el progreso
el paraíso.
Pero no hay líneas rectas, presten atención:
¡No hay!
O hay tantas que se ha hecho todo un gran manchón.
Un mamarrcho.
Infinitas
líneas
que se cruzan
se oponen
se enciman
se separan
se ignoran
se desdibujan
Muy de vez en cuando
el mundo toma alguna forma nítida
y a empezar todo de nuevo.
Esto es verdad.
Esto no es verdad.
Presten atención:
El invento más antiguo de la humanidad es la línea.
La línea recta,
de acá hasta allá
vas
medís
calculás
sumás
y restás.
La línea
duró siglos
causa y efecto.
La historia
avanza siempre
hacia adelante.
El futuro
el progreso
el paraíso.
Pero no hay líneas rectas, presten atención:
¡No hay!
O hay tantas que se ha hecho todo un gran manchón.
Un mamarrcho.
Infinitas
líneas
que se cruzan
se oponen
se enciman
se separan
se ignoran
se desdibujan
Muy de vez en cuando
el mundo toma alguna forma nítida
y a empezar todo de nuevo.
Velocidad
Velocidad
Esto es verdad.
Esto no es verdad.
Presten atención:
la velocidad es el motor del capitalismo.
El asunto es:
más rápido más rápido más rápido,
del carro al automóvil del automóvil al avión
Consuman consuman consuman
la economía debe crecer
los porcentajes de la innovación de la inversión
poner en marcha impulsar acelerar
patentes desarrollos inventiva competitividad.
Velocidad.
Venimos a presentarles el nuevo modelo la nueva aplicación lo último de lo último
la actualidad
pero ahora
no
ahora
el mundo se paró
y no hay
adonde ir
por el momento.
Esto es verdad.
Esto no es verdad.
Presten atención:
la velocidad es el motor del capitalismo.
El asunto es:
más rápido más rápido más rápido,
del carro al automóvil del automóvil al avión
Consuman consuman consuman
la economía debe crecer
los porcentajes de la innovación de la inversión
poner en marcha impulsar acelerar
patentes desarrollos inventiva competitividad.
Velocidad.
Venimos a presentarles el nuevo modelo la nueva aplicación lo último de lo último
la actualidad
pero ahora
no
ahora
el mundo se paró
y no hay
adonde ir
por el momento.
miércoles, 3 de abril de 2019
Los dueños
Son
los dueños
de
la pelota.
Los
que no tuvieron infancia
ni
prestada.
No
conocen el juego
los
pases, los amagues, las gambetas.
No
tienen idea.
Ellos
juegan
porque
son
los
dueños de la pelota.
Si
no ganan, se la llevan bajo el brazo
o
van y compran goles
o
van y compran jueces
o
van y compran gloria.
Y
si no,
van
y se compran
(completos)
esos
campeonatos de mentira
que
ya vienen
con
los títulos de tapa:
“los
dueños, otra vez campeones”
Y tiran
papelitos
y dan
la vuelta
se sacan las camisetas
y saltan
y se
abrazan
y después
se
dan una ducha,
le
pagan al fotógrafo
y
se van a tirar,
agotados,
en
sus camas sin amor
y sin memoria.
jueves, 22 de noviembre de 2018
La televisión no es lo que es (14)
14.-
La televisión manipula las
noticias y coloniza nuestras mentes, pero eso ya lo sabíamos
“Y
ante los ojos de todos, comenzó a transformarse.
Fue
Tom, y James, y un tal Switchman, y un tal Butterfield; fue el alcalde del
pueblo,
y una muchacha, Judith; y un marido, William;
y una esposa, Clarisse.
Como
cera fundida, tomaba la forma de todos los pensamientos.
La
gente gritó y se acercó a él, suplicando. Tom chilló, estirando las manos,
y
el rostro se le deshizo muchas veces.”
(Ray
Bradbury: El Marciano, en “Crónicas
marcianas”)
De entre todas las cosas que podían decirse sobre la
televisión, hemos dejado deliberadamente para el final que es una potente
herramienta de dominación política. Es decir: la TV te manipula, te engaña, te
oculta lo que no quiere mostrarte. Esto es así, indudablemente. Si no se ha
tocado este tema hasta aquí es porque de esto se ha hablado mucho y se habla
mucho. Y, por el contrario, hay muchos otros aspectos importantes del fenómeno
televisivo de los que casi no se habla.
Nuestra televisión ha sido criticada duramente por políticos,
intelectuales y militantes, por su poder para deformar la realidad. O, en todo
caso, para construir “realidades” engañosas. Y ha sido defendida con argumentos
inversos. Está claro que la tele se ha convertido en una máquina narrativa al
servicio de la política y del poder. La televisión inventa noticias, las distorsiona,
arma operaciones de “inteligencia” para lanzarse, coordinada y sistemáticamente,
a construir un sentido común acorde con sus intereses. Y al mismo tiempo oculta
o minimiza todas aquellas noticias que no quiere que circulen entre la
población.
Es un hecho, entonces, que la tele está en el centro de la
política argentina. Ya hemos visto como un programa de la televisión pública (“6, 7, 8”) se convirtió en consigna de
campaña en las últimas elecciones presidenciales. Y que, una vez asumido el
nuevo gobierno, ese programa fue levantado del aire como parte del cumplimiento
de promesas de campaña. No es casual, tampoco, que una de las críticas hechas a
Cristina Fernández de Kirchner durante su presidencia (también enarbolada como tema
de campaña) fue acusarla de abuso de la “cadena nacional”. Es curioso que, en
un país con tanta gente que mira televisión, se acuse a una presidente
justamente de comunicarse por ese medio. Este no es un dato menor, porque esta
acusación constituyó una de las claves de la derrota electoral.
También es un hecho indiscutible que el carácter
oligopólico de nuestro sistema de producción y distribución televisiva (dentro
del cual el Grupo Clarín ocupa un papel hegemónico) no favorece la democracia en
la Argentina. Personalmente, me declaro a favor de la democratización de las
comunicaciones y, por lo tanto, en contra de los monopolios u oligopolios. Y no
sólo de los de la televisión, ya que las “industrias culturales” de la música o
la literatura no son menos monopólicos que la televisión. Pero hay que entender
que ésta es sólo una parte del problema.
Así veía la cuestión Umberto Eco, hace ya cuatro décadas:
“…Hace mucho tiempo que para adueñarse del
poder político en un país era suficiente controlar el ejército y la policía.
Hoy, sólo en los países subdesarrollados los generales fascistas recurren todavía
a los carros blindados para dar un golpe de estado. Basta que un país haya
alcanzado un alto nivel de industrialización para que cambie por completo el
panorama: el día siguiente a la caída de Kruschev fueron sustituidos los
directores de Izvestia, de Pravda y de las cadenas de radio y televisión;
ningún movimiento en el ejército. Hoy, un país pertenece a quien controla los
medios de comunicación[1].”
Y sí, la televisión está en el centro del poder. En los
últimos años se han acumulado muchos ejemplos en ese sentido. Pero insisto con
algo: la televisión no es solamente eso.
Y ésta es la razón del presente ensayo: la televisión es además varias otras
cosas, y hay que considerarlas si se quiere modificar su modo de existencia y su
funcionamiento en el seno de nuestra sociedad. Por supuesto que se trata de una
gigantesca maquinaria de manipulación informativa, capaz de construir relatos
políticos a gran escala. Pero también, y al mismo tiempo, es esa presencia que
nos acompaña, que comparte nuestra vida cotidiana, que nos pone en alerta, en
estado de indignación o de descreimiento, a fuerza de escándalos permanentes. Es esa presencia cercana, que nos proporciona
pantallas para ser leídas, y nos invita a ser uno más del “medio” y a
participar de la gran fiesta popular en la que cualquiera baila, cualquiera
canta, cualquiera opina de política, de economía, de crímenes. Es una maestra que
nos enseña cosas que ya sabíamos y nos toma exámenes fáciles, es un fiscal que
acusa a los indefendibles y es un juez que juzga instantáneamente. Es un
miembro más de la familia, desde siempre y para siempre. Un cocinero que nos prepara
platos que nunca podremos comer. Todo eso (y unas cuantas cosas más) es la
televisión.
Es precisamente ese carácter fluctuante y perpetuo del
dispositivo “televisión” el que la
hace tan “poderosa”. No sólo su posibilidad de manipular la información pública,
sino todo lo demás. Por eso, también, resulta tan difícil “meterse con la
televisión” (mejorarla, transformarla, democratizarla, moralizarla o el verbo que
cada uno prefiera): porque ella es una parte indisoluble de nuestra vida.
Porque hay una enorme mayoría de ciudadanos que la defiende y la defenderá tal
como es, y que tomará cualquier crítica de carácter social, político, moral o
estético como un ataque a la tele, a ese miembro
de la familia. La confusión, el
gran error que hemos cometido, a mi entender, es pensar que la “institución
televisiva” se constituye alrededor de los dueños de los grandes canales. No,
la televisión se recrea permanentemente en cada hogar con sus características
propias, porque es una institución que se superpone y se entrelaza con la familia.
El mismo Eco, cuando intenta pensar las soluciones posibles
a la encrucijada de los medios en el Siglo XX, acuña la metáfora “guerrilla comunicacional”, entendida
como una suma de pequeñas acciones, tal vez individuales, que pueden llevarse
adelante en el terreno comunicacional para intentar comprender, criticar o
resignificar el universo imaginario de la TV. Esto dice Eco:
“… Habrá que aplicar en
el futuro a la estrategia una solución de guerrilla. Es preciso ocupar, en
cualquier lugar del mundo, la primera silla ante cada aparato de televisión (y,
naturalmente, la silla del líder de grupo ante cada pantalla cinematográfica, cada
transistor, cada página de periódico). Si se prefiere una formulación menos
paradójica, diré: la batalla por la supervivencia del hombre como ser
responsable en la Era de la Comunicación no se gana en el lugar de donde parte
la comunicación sino en el lugar a donde llega”.
La lucha por una televisión mejor, entonces, habrá de
resolverse del lado del espectador y no tanto en el terreno de las empresas y
los canales. Y agrego: es necesario comprender que, entre esa pantalla y
nosotros, circula una multitud de sensaciones, imágenes, representaciones,
simulacros, juegos y negociaciones simbólicas. Y que todos ellos siguen
circulando cuando apagamos la televisión. Incluso cuando nos vamos de casa y
hablamos de cualquier otra cosa. Aún allí, la televisión sigue existiendo. Seguimos
en estado televisivo. Porque la televisión es otra cosa. Siempre es otra cosa.
Un televisor apagado es un objeto de la misma índole que
una heladera, un lavarropas, una computadora, o cualquier otro
“electrodoméstico”. Pero cuando la televisión está encendida ya es “otra cosa”,
y esta propiedad no la posee ninguna otra máquina doméstica. Porque la tele es
“signo”, es representación, es sentido
del mundo que pasa por allí y sigue su camino por el cuerpo social. Antes de
intentar cualquier cambio con ella, es fundamental entender, mínimamente (en la
medida en que puede ser entendido), “qué es ese aparato”.
La televisión, en suma, es como ese personaje del cuento de
Ray Bradbury que se llama “El marciano” (de su libro Crónicas marcianas). El marciano era un personaje que,
paradójicamente, terminó uniendo a toda la colonia humana en Marte, porque cada
uno veía en él un ser diferente, un rostro diferente, una historia diferente. Era
tantas cosas distintas y cada uno veía en él lo que necesitaba ver.
Bibliografía:
-
Aguilar, Pilar: “Manual del espectador
inteligente”, Ed. Fundamentos, Caracas, 2000
- Berardi, Mario: “La vida imaginada, cine argentino y vida cotidiana”,
Ed. Del jilguero, Bs. As. 2006
- Berger, P. y Luckmann, T.: “La construcción social de la realidad”,
Amorrortu, Buenos Aires, 1968.
- Bourdieu, Pierre: “La distinción, criterios y bases sociales
del gusto”, Taurus, Madrid, 1988.
-
Castoriadis, Cornelius: “La institución imaginaria
de la sociedad”, Vol. I y II, Ed.
Tusquets, Buenos Aires, 1999.
-
Fuenzalida, Valerio: “Televisión abierta
y audiencias en América Latina”, Norma, Bs. As., 2002.
-
Jesús Martín Barbero: “Televisión y
melodrama”. Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1992.
- Jesús-Barbero, Martín: “De los medios a las mediaciones”, Mass
Media, México, 1987.
- Parret, Hernan: “De la semiótica a la estética: enunciación,
sensación, pasiones”, Edicial, Buenos Aires, 1995.
-
Saintout, Florencia y Natalia Ferrante (comp..): “¿Y la recepción?, Balance
crítico de los estudios sobre el público”, La Crujía Ediciones, Buenos
Aires, 2006.
-
Silverstone, Roger: “Televisión y vida
cotidiana”, Amorrortu, Buenos Aires, 1996.
-
Zecchetto, Victorino: “Seis semiólogos en busca del lector”, La Crujía
Ediciones, Buenos Aires, 2006.
[1] Umberto Eco: “Para una guerrilla semiológica”, en La
estrategia de la ilusión, Bs. As., De la flor, 1987.
miércoles, 7 de noviembre de 2018
La televisión no es lo que es (13)
13.-
La
televisión de la televisión
El lenguaje cinematográfico funciona
sobre la base de ocultarse a sí mismo. En el cine, cuando se apagan las luces
de la sala y empieza la proyección de la película, nos deslizamos en un estado
distinto de conciencia, en una realidad diferente que es la de la ficción. Para
eso, es necesario que aceptemos y “creamos” que “eso que vemos” es algo que
está sucediendo ahí frente a nuestros ojos. Es decir: estamos dispuestos a
olvidar que nos encontramos sentados en la butaca del cine viendo una película.
Es por eso que ningún actor mira a cámara en el cine, si mirara se rompería la
ilusión. Y es por eso, también, que deben ocultarse del ojo de la cámara los micrófonos,
luces, trípodes y demás accesorios, ya que de verse en la pantalla le
recordarían al espectador que lo que está viendo es una película.
La televisión hace todo lo
contrario: nos recuerda todo el tiempo que lo que estamos viendo es “televisión”. Los micrófonos no se ocultan.
Al contrario: se muestran ostensiblemente, incluso recubiertos por capuchones y
“cubos” que exhiben el logo del canal. En la TV todos miran a cámara, casi sin
parar. La televisión no oculta que es televisión, no se borra a sí misma para
mostrar el mundo como si éste “existiera por sí mismo”. Lo que hace, más bien, es
desaparecer el mundo para mostrarse ella en su lugar.
Al
“desaparecer el mundo”, proliferan los programas de televisión que muestran el
mundo de la televisión. Esto es lo que se llama un “discurso meta-televisivo”
(la tv hablando de la tv). Por las tardes, por ejemplo, están los programas de
“chimentos”, que hacen referencia a personajes propios del universo televisivo.
Son los llamados “mediáticos”. Hay
acá una gran paradoja: la TV hace famosas a personas cuyo único mérito consiste
en hacerse famosos. A este grupo se van sumando, a veces a los empujones, otras
figuras provenientes de actividades diversas (médicos, abogados, exfutbolistas,
políticos, actores, cantantes, bailarinas, esposas de futbolistas y un largo
etcétera).
Los
noticieros y programas periodísticos (que son, digamos, los géneros
“informativos”) se contaminan también de esta oleada “meta-televisiva”. Empezando
por las críticas de “estrenos televisivos”, o las notas sobre los resultados de
las mediciones de “rating”, que suelen ser intervenciones auto-referenciales disfrazadas
de noticias. Lo mismo puede decirse de cualquier cosa que hagan los “mediáticos” (o cualquier cosa que les
hagan a los mediáticos). Por ejemplo: peleas, escándalos, engaños,
difamaciones, abusos, embarazos, noviazgos, separaciones, firma de contratos,
ruptura de contratos, internaciones urgentes, crisis de nervios, entre otras, que
pasan a convertirse en “noticias del
espectáculo”.
Algunos programas periodísticos o
“de actualidad” se apoyan en una delgada capa de “realidad” para desplegar, desde
allí, una interminable secuencia de “debates”, opiniones e interpretaciones. En
ellos proliferan los “expertos” de todo tipo: psicólogos, abogados, forenses, ex
policías, y toda una nutrida galería de “personajes”. En el tratamiento de los
casos policiales, cuando todavía hay muy poca información para decir o mostrar,
la TV despliega sin embargo todo un arsenal de recursos para atrapar al espectador.
Un buen ejemplo de esto es el del “caso Ángela”, una chica que apareció muerta
en un basural, en el año 2013. Desde los primeros días, la televisión empezó a
emitir las imágenes (de baja calidad) de las cámaras de seguridad de la cuadra,
en las que apenas podía verse, durante unos segundos, a una muchacha caminando que
probablemente era ella. Se presumía que eran las últimas imágenes de Ángeles
con vida. Y bien: hemos visto esas breves imágenes decenas, centenares de
veces, durante semanas y quizás incluso meses, alternadas con paneles de
“expertos” en cuestiones criminales, y entrevistas a todos los “involucrados”: la
madre, el hermanastro, amigas, el encargado del edificio (un tal “Mangieri”, que
finalmente fue declarado culpable del asesinato), el primo y la esposa del
encargado y unos cuantos más. Un canal emitió, incluso, una entrevista al
peluquero de la cuadra, quien declaró a las cámaras que Mangieri se cortaba el
cabello en su local, y que “parecía una
persona normal”. En definitiva: una inmensa oleada de interpretaciones y
comentarios más o menos infundados, apoyados sobre una delgada capa de
“realidad”.
Pero,
tal vez, el programa meta-televisivo que más ha dado que hablar en nuestro país
ha sido “6, 7, 8”, emitido por
la televisión pública hasta finales del gobierno de Cristina Fernández, y
sacado del aire después de la asunción del presidente Mauricio Macri. Fue un
programa “polémico” (palabra que le gusta mucho a la televisión) a tal punto
que llegó a tener nutridos grupos de seguidores en las redes sociales, que además
de mirar el programa promovían movilizaciones y encuentros de espectadores “auto-convocados”,
que llegaron a reunir a decenas de miles de personas. Y también, desde la
oposición política de la época, el programa recibió críticas explícitas que lo
acusaban de promover cierta violencia sobre los opositores políticos y, específicamente,
de agredir a algunos periodistas “que no
piensan como ellos”. Los dos bandos que Umberto Eco llamó “apocalípticos” e “integrados” se actualizaron en torno al programa “6, 7, 8”, con renovados atributos. Los
detractores se lamentaban de que hubiera, en la televisión pública, un programa
“pagado con dinero de los contribuyentes”
para “hacer política militante”, en
tanto que los defensores celebraban que hubiera un espacio en la televisión
para poder decir “todo lo que los
monopolios que manejan la comunicación” ocultan y callan.
En rigor de verdad, ni fans ni
opositores estaban en lo cierto, ya que el programa 6, 7, 8 no hablaba de la realidad, sino que hablaba de la
televisión (y de los medios en general). En el marco de la lucha contra los
monopolios de la comunicación en la Argentina (particularmente el grupo Clarín)
y de la defensa de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la
producción del programa le imprimió siempre un fuerte tono crítico y político,
pero el programa no hablaba de la realidad,
hablaba del tratamiento que los medios le daban a la realidad.
La estructura del programa era
más o menos así:
1.- Se presentaban extensos
informes que mostraban, básicamente, fragmentos de otros programas de
televisión, e incluso páginas de diarios, revistas o libros que además eran
leídas por un locutor. O sea: se releía lo que otros medios decían sobre la
realidad, o lo que ciertos personajes de la política decían sobre la realidad
en otros medios. Fueron contadas las ocasiones en las que la producción sacó
una cámara a la calle para capturar “imágenes del mundo”.
2.- Después de cada informe, el grupo
de panelistas estables (y eventualmente un invitado) comentaban extensamente lo
visto, por supuesto que desde una perspectiva política y cultural bien
definida.
En el fondo, esta estructura de
programa no se diferencia mucho, en lo formal, de la de tantos programas de “chimentos”
sobre el mundo del espectáculo. La diferencia, obviamente, está en el carácter fuertemente
crítico que 6,7,8 desplegaba,
algo que los programas del espectáculo no hacen. Porque 6,7,8 revisa el discurso televisivo para desarmar o
“deconstruir” los modos de acción de la política en los medios, y los programas
de chimentos “revisitan” la programación televisiva para seguir prolongando, en
la medida de lo posible, su capacidad de “escandalizar” al espectador.
En el fondo, lo que hizo 6,7,8 fue (por primera vez en la
televisión argentina) un trabajo de análisis del discurso “en vivo”. Bien
visto, se trató de una actividad más “académica” que informativa. Los temas,
noticias y “reflexiones” que los medios publicaban en la semana eran revisitados,
puestos a la discusión de los panelistas, comentados, analizados, criticados,
contrastados. Al menos en ese sentido, debería ser recordado por sus “fans” y
sus detractores como un programa realmente innovador, una propuesta que
pretendió configurar un nuevo “tipo de espectador”, menos ingenuo y más atento
a las modalidades de los discursos que se les ofrecen desde la pantalla.
Desde tiempos inmemoriales, el
mundo del espectáculo es inseparable de la crítica. Ya el teatro griego,
fundante de todos los espectáculos, tuvo como crítico “meta-teatral” nada menos
que a Aristóteles. Pero en los tiempos que corren, por lo que parece, el
espectáculo televisivo sólo acepta aplausos. Y cuando desde dentro de la televisión
se critica a algún periodista, comunicador, actor o “mediático” (y ni que
hablar si se trata del dueño de un canal) esto no es aceptado. Peor aún: es
visto como “una agresión a los que
piensan diferente”.
jueves, 1 de noviembre de 2018
La televisión no es lo que es (12)
12.-
Exámenes
El ciclo Bailando
por un sueño, además de poner en escena la ficción de que “todos podemos
ser artistas”, tiene una forma que presenta interesantes derivaciones. En el
fondo, se trata de una “mesa de examen” frente a la cual los artistas tienen que presentarse. Por momentos, el show deja en manos del
público la decisión acerca de cuáles participantes deben continuar en carrera y
cuáles no. Son los momentos “democráticos” del Bailando, en los que los espectadores tienen la posibilidad de
votar telefónicamente y decidir así la suerte de la competencia. Pero hay también
un “jurado”, que se presenta como
“especializado” en cuestiones del espectáculo. O, mejor dicho, lo que hay es la puesta en
escena de un jurado en acción, de una mesa examinadora que critica con dureza
los errores de los participantes, aplaude los aciertos y califica a cada uno con
un número del uno al diez. Los números no se asientan en un “acta”, sino que
son mostrados al público enarbolando unas tarjetas.
El jurado,
como dijimos, está formado por personas “que saben” (dicho esto en términos
televisivos y no académicos). Son “triunfadores”, son famosos, son “las caras
de la tele” desde hace mucho tiempo, y eso los legitima, les da prestigio, los
habilita a evaluar y calificar. El conductor, a lo largo del programa, no opina
sobre los desempeños artísticos de los participantes, no se involucra en las
“evaluaciones” (más allá de algunos gestos y guiños pícaros que lo
caracterizan). En general, entonces, los escándalos
y “conflictos” que aparecen quedan en manos del jurado. Porque se gana o se
pierde de acuerdo a las calificaciones del jurado. Y el premio que se ofrece,
programa a programa, es el mejor que la televisión puede otorgar: nada menos
que la posibilidad de seguir estando en la tele.
Más allá de los criterios adoptados por los jurados
a la hora de calificar (que suelen ser tan eclécticos como arbitrarios),
quisiera poner el foco en el carácter de la situación misma que se configura
acá: la situación de “tomar examen”. Se trata, por supuesto, de una representación,
una puesta en escena, la dramatización de una situación de examen que, si bien
es bastante “standard”, resulta al mismo tiempo muy particular. Porque se trata
de un “examen” que no requiere ningún “estudio” previo. Los participantes se
presentan a la prueba sin necesidad de antecedentes, de capacitación, de
formación artística. A lo sumo, pueden garantizar cierto estado físico para
intentar bailar y moverse en el escenario, aunque no siempre. Han recibido el
“acompañamiento” de un “coach” y han “ensayado” durante un par de semanas, antes
de presentarse en el estudio, para bailar frente al jurado de notables. Por lo
general, de trata de personas que no tienen mayor experiencia previa ni
formación en aquello en lo que serán examinadas. Es, si se quiere, un falso
examen, una mesa de profesores “expertos” que les dirán (a bailarines que no
son bailarines) que su nota es un siete, un ocho, un diez, un dos. Es, dicho de
otra forma, la representación de un premio a la mediocridad. De un premio que
se le da a alguien por ser lo que ya era. Ningún examen es así en la vida real.
Digamos que sólo un espectador que no ha pasado nunca
por las mesas de examen (por ejemplo en la universidad) puede creer que así son
los exámenes. Es decir: no es verdad que los que toman examen califican lo que
quieren, como quieren y con los criterios que se les ocurren. Que a la hora de
poner una nota tienen la prerrogativa de exhibir y humillar públicamente al
alumno que no ha cumplido con la prueba, o de alabarlo delante de sus
compañeros, también a la vista de todos. Porque en los exámenes reales (se
supone) el examinado no compite contra sus compañeros sino en todo caso consigo
mismo. Lo que vemos en estos programas es, también, una parodia distorsionada
de lo que significa triunfar, consagrarse, ser “aprobado” por el tribunal de
“los que más saben”. Aunque ellos, los que califican (los miembros del jurado y
también el conductor del ciclo), tampoco hayan tenido que ser examinados alguna
vez para certificar sus competencias y habilidades “televisivas”.
La misma figura se repite en varios otros programas.
Por ejemplo, en programas de preguntas y respuestas, y en otras competencias para
ganar premios. En los primeros hay participantes (que pueden ser personas
comunes o también personajes conocidos de la televisión), a quienes se les
hacen preguntas lo suficientemente sencillas como para que el espectador pueda
contestarlas en su casa. (En los programas de competencias y juegos “físicos”,
el proceso es similar: tampoco es necesario ahí tener una especial preparación
gimnástica ni un óptimo estado corporal para participar y ganar).
Los “temas” de las preguntas pueden ser muchos, pero
estarían dentro de la amplísima categoría de “cultura general”. Otras veces, los
temas remiten a historias, situaciones o chimentos vinculados al mismo universo
televisivo. Habitualmente, se trata de preguntas que cualquier espectador tiene
capacidad de responder desde su casa, y recién se hacen más “difíciles” cuando
se acercan las instancias finales de los concursos. Es decir, cuando los
premios que se ofrecen empiezan a ser más importantes. Y en todos los casos
(preguntas “fáciles” o “difíciles”), contestar correctamente o no parece
depender casi exclusivamente de una cuestión de memoria. No deja de ser una paradoja:
la televisión, que promueve el olvido a cada paso, premia en sus concursos la
buena memoria.
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