jueves, 9 de agosto de 2018

La televisión no es lo que es (5)


5.-
Escándalos





¿Qué vende la televisión?
La televisión no vende información. Tampoco entretenimiento. Esas cosas las regala, igual que sus promesas de compañía agradable y permanente.
Lo que la televisión vende son miradas. Miradas de televidentes. Y se las vende, básicamente, a sus anunciantes. Por eso en la TV abundan los “escándalos”: porque los canales necesitan atraer miradas para poder venderlas.  
El rating es un mecanismo, si bien limitado y carente de fundamento metodológico, que les permite sin embargo a los canales establecer y certificar el precio de estas miradas. Dicho de un modo más concreto: el rating le permite a un canal presentarle a sus clientes el precio de un segundo al aire, en función de la “cantidad de miradas” que ese segundo tendría.  
Ahora bien: en su empeño por capturar más y más miradas, la televisión se ve forzada a gritar, gesticular, zapatear, bailar, desnudarse y exagerar todo tipo de señales para que el espectador no se le escape. En esa dinámica, exacerbada por la competencia entre canales, los límites se corren día a día. Como el espectador va subiendo su umbral de acostumbramiento a lo que ve y lo que oye, entonces la TV sube el nivel de sus “escándalos”. Lo que ayer escandalizaba hoy es moneda corriente, así que hay que ir más allá, correr un poco el límite de lo que se muestra, hay que “ser transgresores”. Mientras sean los anunciantes los que marquen las pautas de financiamiento del medio, los “escándalos” seguirán siendo el pan de cada día en la pantalla.  
Por si fuera poco, un buen escándalo es también un buen negocio para los canales, porque les permite sostener horas de programación con muy poco. Alcanza un mínimo elemento material (un video, un audio, una foto, una declaración, un secreto revelado, un chisme). A lo sumo, se agregan los comentarios interminables de cuatro o cinco personas sobre el tema (panelistas, expertos, involucrados en el hecho, parientes de los involucrados, abogados, médicos, etc.). Estas personas no necesitan tener conocimientos especiales sobre el tema o situación a los que se refieren, pero sí una probada capacidad de escandalizarse y escandalizar al público.
El escándalo pertenece al reino de la evidencia: no necesita ni acepta explicación racional alguna. Un escándalo sólo puede ser expuesto y tendrá que explicarse por sí mismo. O no explicarse nunca. Se trata del fruto más concentrado del sentido común televisivo: aquella persona que se anime a no escandalizarse frente a la “evidencia” de un escándalo (ya se trate de un conductor televisivo, un panelista, un invitado o un simple espectador) será expulsado de la “sociedad de los normales”. Y la misma televisión se encargará de hacerlo público. De ese modo, el espectáculo se alimenta de sí mismo: la televisión despliega escándalos, y quien no sepa escandalizarse aparecerá a su vez como escandaloso.
En algunos momentos, abundan los escándalos políticos. Claro que esta modalidad (que no solamente aparece en Argentina) suele tener origen en las propias estrategias políticas definidas e implementadas por los dueños de los canales. Hay que entender que muchos canales son, además de un negocio, fundamentalmente una plataforma de acción política (y ése debería el verdadero motivo de escándalo). Pasados los períodos electorales y los momentos políticamente intensos, cuando las maquinarias televisivas de presión y extorsión política se llaman a cierto descanso, la televisión se conforma con su propia y tradicional galería de escándalos “mediáticos” (engaños de pareja, estafas, pasados oscuros, cámaras ocultas, abusos de menores, etc.).
La “política del escándalo” es inseparable de la actual etapa de desarrollo de la industria televisiva, ya que se sostiene sobre su propia dinámica: la TV sale en busca de miradas, siempre, cada vez más con más energía. Como esta dinámica no tiene frenos, se expande discursivamente, se ve obligada a ampliar permanentemente los límites de lo decible, hasta un límite que puede resultar socialmente peligroso. Quiero decir: un escándalo es capaz de devorarse a los mayores “escandalizadores” de la pantalla. Nadie sale indemne de esa maquinaria perversa, de ese reino del escándalo perpetuo y creciente.
   Una vez puesta en marcha, esta máquina ya no se detiene. Y se alimentará de lo que tenga a mano. Porque eso es la televisión: una empresa que vende a sus clientes (los anunciantes) millones de ojos ansiosos de ver más. Cada vez más. Siempre más.

viernes, 3 de agosto de 2018

La televisión no es lo que es (4)


4.-

Familiaridad



           

           
La relación de la TV con sus espectadores está impregnada, en varios sentidos, de un fuerte factor de “familiaridad”. El mundo televisivo (a diferencia del cinematográfico) es el mundo de lo cercano, lo conocido, lo cotidiano.
La mayoría de los espectadores de hoy casi no han conocido “un mundo sin televisión”: ella siempre estuvo ahí, desde que nacimos, en un lugar importante de la casa, en los momentos buenos y en los malos, compartiendo nuestras vidas. Cualquiera puede hacer esta sencilla prueba: rememoremos algún hecho significativo del pasado. Y, muy probablemente, ese recuerdo vendrá asociado a la “tele” de algún modo (qué programa estaban dando en ese momento, dónde lo estábamos mirando, con quién, etc.). En mi caso personal, mantengo un vívido recuerdo del momento en que el hombre llegó a la luna. Lo vi en una tele blanco y negro, por supuesto, y me acuerdo no sólo de las imágenes de los astronautas, sino también del sillón en el que estaba sentado y de cómo era esa habitación de mi casa por aquella época. Quiero decir: me acuerdo bien de esa habitación, pero en relación con ese momento. O con otros momentos “televisivos” (como el gol del Chango Cárdenas con el que Racing se convirtió en el primer equipo argentino campeón mundial de clubes, y eso que no soy hincha de Racing). Recuerdo también las escenas del “Cordobazo” que transmitió la TV en 1969:  imágenes del pueblo peleando en las calles que todavía evoco “como si las estuviera viendo”.
El 19 de diciembre de 2001, después de haber tomado examen hasta tarde en la universidad, llegué a mi casa y encendí la tele, más que nada por costumbre. Hasta que en un momento apareció el presidente De la Rúa hablando a la población, anunciando el estado de sitio. Hacía calor y por las ventanas abiertas se oía el ruido de las primeras cacerolas. Así fue que salimos a la calle, nos fuimos juntando con otros vecinos en las esquinas y caminamos una cantidad incontable de cuadras rumbo al centro, mezclados en una multitud que pedía “que se vayan todos”. De todo eso me acuerdo perfectamente. Y también me acuerdo de haber entrado a un bar en busca de un baño, y de haber visto a un apretado grupo de personas atrapadas por el magnetismo de la televisión encendida en un rincón. Y del súbito estallido de euforia cuando la pantalla anunció, en letras catástrofe, que el ministro Cavallo había renunciado. Esa es la forma que tiene mi recuerdo de ese día: empieza y termina con un televisor encendido. 
Este entrelazamiento del medio televisivo con nuestras vidas adopta diversas formas para construir, inevitablemente, lazos de “familiaridad”. La presencia permanente del televisor en el living o en otras habitaciones lo han transformado en “un miembro más de la familia”. En la pantalla abundan las ceremonias de la vida familiar (empezando por desayunos, almuerzos y cenas). En los programas de la mañana “se come” medialunas y “se toma” café, y al mediodía los cocineros preparan el almuerzo con alegría y fervor. Para no hablar de los “tradicionales” almuerzos y cenas con “la señora Mirtha Legrand”. Como siempre sucede, el círculo familiar tiende a defenderse de los avatares del mundo exterior, y por eso estos modos televisivos de intervención en lo cotidiano no se suspenden ni en épocas de crisis. Pase lo que pase en el mundo real, en la tele “se come”. Se cocina y se come, y siempre en un clima de alegría.  
Al mismo tiempo, por si fuera poco, la misma TV se encarga de ofrecernos (día a día y en varios programas), sus consejos sobre la manera más “económica” de comprar. Como una abuela experimentada y que ya ha pasado por otras crisis y momentos complicados, la tele nos pasea por carnicerías, verdulerías, mercados y panaderías que ofrecen rebajas circunstanciales, y nos consuela entrevistando a gente común que confiesa que (como nos pasa a nosotros) el sueldo no le alcanza hasta fin de mes.               
La TV reina sobre la esfera de lo cotidiano, que es la de “todos los días”. La “esfera de lo cotidiano” (un concepto complejo que la sociología ha tratado de definir) es ese ámbito que experimentamos y compartimos “en familia”, “entre amigos”, “en el trabajo”, “con un amor”. Agnes Heller[1] dice que es en ese espacio donde las personas “constituimos el mun­do”, donde le asignamos un sentido. Es en ese “territorio de lo cotidiano” donde adquirimos los primeros y elementales aprendizajes: usar el lenguaje, “manipular las cosas”, relacionarnos con los demás. Porque la vida cotidiana no está hecha de “cosas”, sino básicamente de significados: valores, roles sociales, modelos, tipos de relaciones y comportamientos. El semiólogo Hernan Parret afirma que “… vivimos nuestra vida cotidiana como un relato y las temporalida­des de lo cotidiano como el tiempo de un relato” [2]. Esto significa que lo que “vivimos” cotidianamente sólo tendrá sentido cuando de algún modo lo podamos contar. Un “amor”, por ejemplo, sólo existe realmente cuando se lo puede relatar.  
El cine argentino de los años 40 y 50 ha sido pródigo en este tipo de relatos, que brindaban al espectador no sólo entretenimiento sino además maneras posibles de “entrar en el mundo” (en el trabajo, en la familia, en el tiempo libre).  Era, de algún modo, un cine pedagógico, ya que enseñaba los modos “correctos” de vivir. En estas películas la sociedad se puso en escena, se mostró, y desplegó además los sentidos deseables de la vida: el trabajo honesto, el amor sentimental, el triunfo de la familia. Estas figuras recurrentes dejaron sus marcas en el territorio simbólico, y a la vez funcionaron como “instrucciones” para poder enlazar la pequeña vida fami­liar de cada uno con las normas de la vida social.
Con la llegada y la popularización de la TV, las cosas fueron bastante más allá. Porque la televisión no se conformó con relatar lo cotidiano, sino que además se animó a construirlo, a mantenerlo vivo día tras día. Porque la televisión construye la cotidianeidad, lo hace en nuestra propia casa, y lo hace “en tiempo real”, delante de nuestros ojos y “junto” a nosotros.
La televisión es la vida cotidiana.
Nada de lo cotidiano queda fuera de ella: desde que nos despertamos hasta que nos dormimos (y a veces nos dormimos con el televisor prendido) no deja ni por un instante de “estar cerca”. Si algo sucede nos avisa de inmediato. Comenta sin cesar “lo que es necesario saber”. Nos habla en “nuestro idioma” y con “familiaridad”.
            El tiempo televisivo encaja a la perfección en el tiempo de lo cotidiano: es un tiempo repetitivo y circular, muy distinto al tiempo “calendario” de la “Historia” que avanza hacia un futuro. En la TV, como en la vida cotidiana, los días se suceden siempre iguales a sí mismos. La televisión no tiene Historia, ella misma borra enseguida la memoria de lo que muestra, y entonces todo vuelve a suceder una y otra vez. Y también: las historias nunca llegan a un desenlace, las series se alargan y se estiran y se continúan, y la fragmentación de los relatos hacen que uno ya no espere encontrar un sentido fuerte en lo que ve.
Las rutinas de la grilla televisiva se confunden con las otras rutinas familiares, y la vida en familia se organiza atendiendo también a la programación televisiva. En la pantalla ya no hay nada extraordinario, no hay nada excepcional, no hay aventuras que se desbordan de lo cotidiano (como en el cine). La televisión pone en escena, todos los días, “lo de todos los días”. Escenas “insignificantes”, fragmentadas, conocidas. La televisión se parece a una vecina que nos habla sobre todos los temas, aunque no sepa mucho sobre ninguno. Y que no se calla nunca.






[1] Agnes Heller: Historia y vida cotidiana, Grijalbo, Mexi­co, 1985.
[2] (Parret, Hernan: De la semiótica a la estética: enunciación, sensación, pasiones, Edicial, Buenos Aires, 1995. pág. 131).

jueves, 26 de julio de 2018

La televisión no es lo que es (3)


3.-
La tv nos mira



Nosotros creemos que miramos televisión, pero en realidad es ella la que nos mira.
En la historia de las imágenes hay un momento fundacional, en el Renacimiento, en el que los artistas italianos inventan un nuevo método para representar lo que se ve. Es decir, establecen un mecanismo y una manera para que una imagen plana (pintada sobre una pared, una tabla o una tela) parezcan tener profundidad. Ese mecanismo, esa manera “correcta” de dibujar, recibió el nombre de “perspectiva”, que significa “ver a través”.
Todos tuvimos alguna vez algún profesor de dibujo que nos torturó con este tema, que resumidamente funciona así: la imagen se organiza alrededor de un punto imaginario desde el cual se va a mirar la escena. Ese “único ojo inmóvil” es el “punto de vista”. Y todas las líneas van a confluir, en “profundidad”, en un punto opuesto llamado “punto de fuga”. Además, la imagen tiene un “marco” que la cierra y la contiene, o sea que es como si uno mirara “a través de una ventana”). Es un método simple y efectivo. Tanto que se usó durante siglos y todavía se sigue usando. La tecnología ha ido cambiando, pero el modelo es el mismo: la cámara fotográfica, la cámara de cine y la cámara de televisión se apoyan en el mismo esquema: un solo “ojo inmóvil” (la lente) que mira a través de una “ventana”.   
Pero todo esto es solamente una convención, una manera de construir y mirar imágenes a la que nos hemos ido acostumbrando, que se ha ido naturalizando. Y gracias a la cual percibimos profundidad y espacio donde solo hay una superficie plana. En un ensayo muy conocido, publicado en el año 1927 (“La perspectiva como forma simbólica”[1]), el historiador del arte Erwin Panofsky demuestra que la representación en perspectiva no es más “realista” que otros modos de representación. Es decir: que la imagen en perspectiva “no se parece” al mundo real. Y no tiene por qué parecerse, porque nosotros no miramos el mundo desde un punto, “con un solo ojo inmóvil”, sino que lo miramos con dos ojos levemente separados (lo cual, precisamente, es lo que nos permite percibir la profundidad). Y porque, además, la imagen no se forma en nuestros ojos sobre “una superficie plana”, sino sobre una cóncava. La “perspectiva es una forma simbólica”, concluye Panofsky, no una cuestión óptica.
¿Y qué es lo que simboliza? ¿Qué mecanismos culturales se ponen en juego desde   el momento histórico en que se ofrece al espectador, al mismo tiempo, una imagen y “un punto imaginario desde el cual mirarla”? ¿Cuál es el sentido profundo de este dispositivo visual, cuál es su metáfora, por qué ha perdurado en el tiempo? La respuesta es: “el individuo”.
En efecto, en la pintura anterior al Renacimiento no existe un lugar individual desde el cual mirar. No hay un “punto de vista”, ni en el sentido óptico de la expresión ni en el sentido social (punto de vista como “opinión”). En el fondo, el gran invento renacentista es la idea de “individuo”, tal como la conocemos hoy. En el mundo medieval, la noción misma de “punto de vista” era inimaginable, en el marco de una sociedad teocrática que reconocía como única autoridad a Dios. Precisamente, al resquebrajarse la sociedad feudal se abre la posibilidad de que aparezcan nuevos modos de “ver el mundo”, que van prefigurando la cuestión de la “libertad individual”. La posibilidad del “individuo”, que es capaz de sostener un punto de vista - opinión propios sobre el mundo.  
Con la llegada de la fotografía, el punto de vista se “industrializa”, y pasa a ser directamente el “punto de cámara”. Y con el cine, además, se pone en movimiento. El espectador de cine es un “viajero”, cambia de posición todo el tiempo, y además se mueve junto con la cámara. Y después la televisión, en principio, sigue por el mismo camino. Aunque claro que no solo las tecnologías han cambiado sino además las sociedades en su conjunto. Hoy en día, el espectador del Siglo XXI se siente con una destreza y una competencia tales sobre las pantallas, que no se conforma con un punto de vista artificial, sino que necesita que todo el mundo se subordine a su mirada. Que ese punto de vista sea “el centro del mundo”. O sea: el centro del mundo en el living de casa.
Y la televisión, entonces, nos mira, nos interpela, viene a buscarnos. El espacio imaginario que crea la televisión ya no es “en profundidad”, sino más bien “hacia el espectador”. Un espacio que se construye entre ese conductor que me mira y yo. En ese sentido, la TV es más “barroca” que renacentista: su expresividad es una herencia de la arquitectura del Siglo XVII (con esas fachadas que engañan la vista y parecen moverse en juegos de cóncavos y convexos). O de las figuras de Caravaggio, que parecen salirse de la tela y venirse encima nuestro. O del teatro de Shakespeare, que ha inventado ese recurso llamado “aparte”, en el que un personaje se acerca a los espectadores para hacerles un comentario “confidencial”. En el cine, los personajes no deben “mirar a cámara”. En televisión, por el contrario, todos miran a cámara y todos “hablan a cámara”.
Así es: la televisión no se deja observar mansamente. Se nos viene encima, con todos los recursos posibles. Tiende a salirse de la pantalla. Y además, como parte de ese mismo movimiento, construye como escenario principal del dispositivo, una y otra vez, al living de nuestra casa.



[1] Panofski, Erwin: La perspectiva como forma simbólica, Tusquetts, Barcelona, 1999.  

viernes, 20 de julio de 2018

La televisión no es lo que es (2)


Mirar la tele






¿Qué es “mirar tele”? Otra pregunta obvia. Y sin embargo no hay una sola respuesta, porque existen diferentes maneras de ver televisión. ¿Cómo actúa el “espectador”? ¿Qué pasa por su cabeza? ¿Qué sensaciones, emociones y deseos se ponen en juego? (¿qué configuraciones mentales, qué grados de atención, qué mecanismos de identificación o de rechazo?). La imagen arquetípica de Homero Simpson despatarrado en su sofá, con una “donut” o una lata de cerveza en la mano, no es la única referencia posible en este asunto.
Después de haberse acercado al fenómeno televisivo desde todos los ángulos posibles, los investigadores empezaron a ver que les faltaba estudiar lo más importante: nada menos que a los espectadores. Así es como surgen (con particular empuje en América Latina) los llamados “estudios de la recepción”. Por ejemplo, el muy interesante planteo de Orozco Gómez[1], que hace un inventario de los diferentes enfoques, actitudes o acciones que un espectador pone en juego cuando mira TV. Son las llamadas “televidencias”: “percibir, sentir, gustar, pensar, comprar, evaluar, guardar, retraer e imaginar con la televisión son actividades paralelas o simultáneas de un largo y complicado proceso mediático comunicacional”. Incluso podríamos ampliar este catálogo de televidencias a partir de algunas simples observaciones cotidianas. Porque mirar tele es también polemizar, jugar, confiar, competir, distraerse, compartir, participar, encontrar compañía, informarse, discutir, alentar, aprender, olvidar… (y cada uno puede ampliar la lista según sus propias experiencias).
Los primeros espectadores no miraban tele, miraban un programa. Es decir que, llegada la hora, se instalaban frente al televisor para mirar el programa que les gustaba, y le dedicaban a él toda su atención y su concentración. Al terminar, apagaban el aparato y se iban a hacer otra cosa. Todavía quedan algunos espectadores así, pero en general hoy uno enciende el televisor en cualquier momento y mira lo que hay (zapping mediante), asignándole a la pantalla una atención más difusa y lejana. 
Hagamos una prueba sencilla: observemos un poco a familiares o amigos (o a nosotros mismos) y podremos elaborar una verdadera tipología de espectadores televisivos: está el “ansioso” (que enseguida se aburre y no deja de hacer zapping en busca de alguna otra cosa); el “polemista” (que discute a los gritos con la tele sobre política, fútbol o lo que sea); el “solitario” (que deja la tele prendida durante horas sin mirarla ni escucharla, solo para sentirse acompañado); el “espectador social” (que prefiere juntarse con otros para mirar televisión y valora más los intercambios personales que los contenidos televisivos); el espectador “práctico” (que solo enciende la tele para ver la temperatura o la hora), por poner sólo algunos ejemplos.
De hecho, hoy se mira televisión en situaciones muy diversas, lo cual implica que hay diferentes maneras de “ser espectador”. Miramos tele en el almuerzo, la cena o el desayuno, pero también en la cama (solos o acompañados), en un bar, en el andén mientras esperamos el subte, en la sala de espera del médico y (a partir de las nuevas posibilidades que ofrecen el celular y la computadora) en incontables situaciones de nuestras vidas. Hay tantas maneras distintas de ver tele que la expresión “comunicación masiva” ya está dejando de tener sentido.
Además, entre el televisor y nosotros se despliegan ciertas tramas de sentido que, inevitablemente, van a modificar nuestra posición como espectadores. El investigador colombiano Jesús Martín-Barbero[2] ha estudiado estas tramas, a las que llama “mediaciones”: edad, sexo, condición social, educación, religión, pertenencia institucional, preferencias políticas y capacidades tecnológicas en relación con el medio. Incluso, ciertas marcas de nuestra historia personal que resultarían imposibles de enumerar, pero que también van a condicionar nuestro modo de ver televisión. La “comunicación masiva”, en ese sentido, es una utopía: la transmisión televisiva es la misma para todos, pero los “receptores” somos cada vez más diversos. La televisión “para todos”, la televisión masiva de los viejos tiempos, es aún un sector muy importante del negocio de los medios, pero convive con otras modalidades que promueven novedosas formas de consumo.
Más allá de los llamados “canales de aire” (otro anacronismo, porque ahora nos llegan por “cable”), existe otro universo televisivo que no es masivo sino más bien “sectorizado”. Los sistemas de televisión por cable y satelitales ofrecen a sus clientes distintos “paquetes” con diferentes programaciones y tarifas, lo cual contribuye a segmentar a los públicos (por ejemplo, a los amantes de las programaciones de deporte o de cine). Cada vez más, la “televisión masiva” se va desagregando en segmentos diferenciados. Hasta los horarios “marginales” de los canales grandes son aprovechados por diversas instituciones para contactarse con sus públicos particulares: congregaciones religiosas, sindicatos, la Policía, el Ejército, las Madres de Plaza de Mayo y varios más emiten su propia programación para “sus propios espectadores”. Los espectadores, por su parte, tienden también a apropiarse del medio de un modo “personalizado”, y eso es porque la tecnología ahora lo permite y la industria lo promueve.
     Y hay más: los televisores de última generación permiten al usuario “navegar” por distintos sitios y acceder así a emisiones televisivas “vía streaming”, de manera que cada espectador puede perfectamente armar su propia grilla de preferencias y evitar por completo, si así lo desea, a la vieja y tradicional “televisión masiva”. Si no hay más gente que lo hace, es sencillamente porque las costumbres y usos del consumidor siempre van más lentos que la presión renovadora que imprime la tecnología, con sus permanentes cambios. Crece también la oferta de televisión “on demand” y los sistemas tipo Netflix o similares (que permiten acceder mediante una cuota mensual a una amplísima variedad de películas y series), fenómeno que está reformulando de plano el concepto de “ver televisión”. Mediante la aplicación de determinados algoritmos, la industria audiovisual ha encontrado por fin la manera de “personalizar” la oferta de productos. Esto es: se nos ofrece un menú que no será igual para ningún otro consumidor, y que parecerá “personalizado” debido a que se nos muestran sólo los títulos que, por algún motivo, el sistema asocia con otros títulos que ya hemos visto.
Esta innovación aparece es una verdadera “gallina de los huevos de oro” para la industria audiovisual, que siempre ha lidiado con el riesgo empresario de tener que hacer grandes inversiones para un producto que quizás luego no tenga éxito de público. La tensión entre “innovación” y “standarización”, propia de las industrias culturales, se disuelve ahora bajo el peso de las innovaciones tecnológicas. Hemos entrado en la era de los “robots”, que resuelven al instante “qué me gustaría” ver en función de “lo que ya he visto”.
            Curiosamente, el cine (que ha sido paulatinamente marginado y expulsado de las grillas televisivas) retorna ahora con renovadas fuerzas a la “pantalla chica”. A esto se suman nuevas series de ficción, de variados estilos y géneros. La posibilidad de ver una película o una serie en el momento en que a uno le dé la gana, deteniéndose, volviendo atrás o avanzando a discreción, está construyendo, literalmente, un medio audiovisual distinto, con nuevos códigos y también nuevos “modos de ver”. Eso ya no es televisión (pero tampoco cine). Los relatos se ramifican, se extienden, se entrelazan, se lateralizan. Y el espectador “de elite”, aquel que reniega de la bulliciosa televisión de aire para refugiarse en los apacibles catálogos de cine y series, puede manejar sus tiempos y sus preferencias de consumo “a su manera”. Y así, en ese proceso que cada uno creerá individual y exclusivo, se comentarán luego socialmente esos relatos y se compartirán estas nuevas agendas de ficción entre espectadores de gustos similares. Y todo esto, muy lejos de la vieja y familiar “televisión”.









[1] Orozco Gómez, G.: Televisión, audiencias y educación, Norma, Bs. As., 2001, p. 39.
[2] Jesús Martín Barbero: Televisión y melodrama, Tercer Mundo, Bogotá, 1992.

jueves, 12 de julio de 2018

La televisión no es lo que es (1)


“¿Qué es ese aparato?”  


     

Yo tengo, usted tiene,
todos tenemos un televisor,
allí gritan, se acogotan
 y se matan todos los cowboys
      Indios flacos sin jabón,
negros fieros que atacan a traición
y muy pocas veces, alguna vez
los hombres blancos malos pueden ser.”
(Piero)

Las cosas obvias son las que no pueden o no deben ser explicadas. Son lo que son. Se supone que siempre han estado ahí, y que todo el mundo sabe qué son, para qué sirven, cómo se usan. Nadie se pregunta “¿qué es esto?”. Cada sociedad, cada época, cada cultura, construye su propio catálogo de obviedades. Y de la misma manera que, para los primitivos de la aldea, las palmeras y el mar son algo obvio, para los "nativos audiovisuales" del Siglo XX lo obvio es la televisión. La tele "es lo que es", siempre ha estado ahí, y no hay más nada que agregar. nada que decir.
Cuando yo era chico, en mi casa no había televisor. En ninguna casa de mi cuadra había televisor, y me parece que tampoco en ninguna casa del barrio. Pero una vez llegó. La fuimos a buscar con mi papá, acompañados por un grupo de vecinos, en un auto prestado. El primer intento fracasó, porque el aparato era tan grande que no pasaba por la puerta del auto. Tuvimos que buscar un auto más grande y así fue (aunque en ese momento todavía no lo sabíamos) que empezaba para nosotros una vida diferente.
Al llegar a casa, mientras los hombres maniobraban con cuidado para llevar la tele hasta el lugar que le había sido asignado, las vecinas se acercaron con curiosidad. Una preguntó:
—Pero…, ¿qué es ese aparato?
En unos pocos meses, ya todos en el barrio sabían qué era un televisor. Y también sabían cómo orientar la antena con un palo cuando el viento la movía, cómo manipular los botoncitos cuando la imagen se “desenganchaba”, cómo apagarla rápido cuando bajaba la tensión. Lo demás era fácil, porque había pocos canales que transmitían unas pocas horas. Y para cuando la grilla empezó a crecer, llegaron las revistas (“Canal TV” o “TV Guía”), y ahí buscábamos los programas. 
En esa época, los chicos de la cuadra veíamos “dibujitos” juntos, todas las tardes. Y veíamos esas series del far west en las que un malvado ataba a una chica a la cinta de un aserradero, con la intención de serrucharla por la mitad. Pero claro que al día siguiente llegaban los buenos y la rescataban justo a tiempo. A la hora de la merienda, la “abuela” del capitán Piluso llamaba con voz dulce y firme: “¡Piluso, la leche!”. Y desde ese momento empezamos a permitir que la tele nos organizara la vida, porque también nosotros tomábamos la leche en ese momento, "juntos con Piluso y Coquito" .    
Una noche a la semana, también, los adultos se juntaban en casa a ver esa mítica serie de “terror” llamada “El fantasma de la ópera”, con Narciso Ibáñez Menta. Las mujeres preparaban torta o sándwiches, para servir con “alguna cosita fuerte” de tomar a la hora del programa. Y a mí me mandaban a dormir, porque "no era para chicos". Así que las únicas imágenes que recuerdo son las de la presentación: una figura inquietante que recorría la soledad del teatro y preguntaba, con voz grave: “¿no queda nadie en los camarines?”. Lo demás me lo tenía que imaginar con lo que escuchaba, desde mi cuarto, hasta quedarme dormido.
 Hoy, décadas después, recuerdo de manera vívida aquellos primeros programas. Y algo recuerdo también de las miles y miles de horas que, después, me pasé sentado frente a un televisor. Con el tiempo, dejé de ser un “espectador común” para convertirme en un pretendido “experto” en lenguajes audiovisuales, semiótica y cuestiones de ese tipo. Y sin embargo, hoy, no me resultaría tan sencillo contestar aquella pregunta de los tiempos fundacionales: “¿qué es ese aparato?”.  
Puede decirse, claro, que la televisión es un objeto común, utilizado a diario por gente común, en situaciones cotidianas (aunque, por otro lado, las interpretaciones académicas sobre el medio se han ido diversificando y haciendo cada vez más complejas). Para el hombre común “la tele” es un entretenimiento, una compañía, una distracción, un medio para informarse. Los teóricos de la comunicación, por su parte, entienden la TV como un medio masivo para enviar mensajes, un modo de estar socialmente en contacto, un sitio virtual para vernos y reconocernos, un núcleo productor de sentido a gran escala, un integrador de la heterogeneidad social, un gran narrador de historias, un mecanismo de control, un espacio en el que se despliega la cultura lúdica popular que creíamos perdida, un simulacro de contacto personal, una manera de acercar el universo entero hasta el living de nuestra casa. Y también, para extender un poco más la lista: un somnífero, un despertador, un estimulante, un termómetro, un reloj, un periódico, un profesor de gimnasia, un agitador político, un teatro, una radio, un púlpito, una vecina que habla pavadas. Y hasta un espacio educativo, ¿por qué no?
Hoy en día (cambios tecnológicos y culturales mediante), todo este asunto empieza a tener sentidos muy diferentes para las jóvenes generaciones de “televidentes” que despliegan novedosas “maneras de ver” que a veces nos cuesta comprender. El otro día, por ejemplo, mi hija adolescente trajo a casa su última adquisición: un pequeño objeto plano que acunaba con ternura entre sus manos. Mientras lo observaba fijamente, ella se reía, hablaba sola y, de a ratos, hasta bailaba un poco.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté.
—Estoy mirando tele.
—¿Cómo que “mirando tele”?
—Y sí, papá: “tele”. En la tablet, por internet, mientras chateo con mis amigas y me bajo una app para hacerme un videíto. Ahora cuando termine el programa voy a jugar un rato y navegar en las redes para buscar una información que me pidieron en el colegio…
—Pero, decime, nena —pregunté sin doble intención—: ¿qué es ese aparato?



miércoles, 18 de abril de 2018

Duérmete niño, ahora



Había una vez una nena en el bosque y tenía que llevar su canastita a...
¡Pero nos informan que fue asesinada, violada, masacrada, devastada, corrompida por los corruptos que se robaron todo! 
O por el flagelo de la droga. 
O por los subversivos de siempre
terroristas seriales
anti argentinos. 
Ampliaremos.
Ahora, explota la polémica: alerta, urgente, atención, todos de pie, 
te contamos lo que tenés que saber. 
Ahora, en pleno horario de protección al menor y todo eso, andá sabiendo que los Reyes son los padres 
y no salgas a la calle porque en este país 
ya no se puede vivir.
Y nadie hace nada.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Siete mapuches





Siete mapuches

que cruzaron los Andes 


andá a saber por dónde

y declaran esta guerra

tremenda

territorial

terrorista

no quieren la paz no quieren

el producto bruto 
la balanza de pagos 

no quieren netflix.

Siete mapuches

en algún lugar de la estepa 

(donde no hay nada)

polemizan

politizan

patagonizan.

Dicen que estaban antes que estuvieron siempre,

pero no se sabe

porque no tienen caras

tienen pasamontañas ponchos mantas

tienen fuego

hachas

piedras

arrugas. 

Deben tener olor, seguro, y además

no tienen

más nada.

Quién sabe a cuántos han matado

si treinta mil

o algunos menos.

Esta situación 

ya 

no puede ser tolerada,

es necesario

movilizar las fuerzas vivas

las dignidades indignadas

la nación en armas

en andas

en ascuas

hasta ese paraje

(que no sé cómo lo llaman)

y masacrar

a esos 

siete mapuches

en vivo y en directo.